La niña de la Alameda | L100926-4
Javier llevaba la cuenta del taxi cuando una niña de vestido blanco le pidió los columpios de la Alameda. Al tomarla del brazo, el cuerpo estaba helado.
Desde los nahuales de México hasta el Wendigo de Canadá, pasando por El Silbón de Venezuela y la Patasola de Colombia. El patrimonio de terror de un continente diverso y misterioso.

Javier llevaba la cuenta del taxi cuando una niña de vestido blanco le pidió los columpios de la Alameda. Al tomarla del brazo, el cuerpo estaba helado.
En el desnivel, de madrugada, una mujer de vestido y cabellera se deja ver. Cuando se acercan, el rostro es de caballo.
Fray Arroyo iba al baño con la vela del Santísimo cuando una mano peluda le tapó el rincón. Anda y préndela de donde yo la prendí, le dijo, y se acabó.
En el túnel del km 47 una masa oscura corrió paralela al tren, con olor a carbón mojado, y se fundió en la pared. En la estación siguiente no lo anotaron en el libro.
El muchacho hincó la rodilla en la piedra de la calle del Refugio. Cuando le aventaron el escapulario, el de la capa dragona echó a correr al norte.
En la bola del agua el cochero recibe una mano enguantada de encaje negro. La dama golpea las puertas de San Francisco y se pierde por la calle del Molino.
En Guatire, una noche, una señora olvidó la vela que debía a las ánimas. Tocaron. Parecía una amiga. Adentro ya no era. El pueblo no dijo susto: dijo ánima sola, la que cobra la luz. No es la mujer encadenada del Calvario.
A Sonia Burciaga le tocó cambiar el vestido de La Pascualita, dos veces por semana, con la cortina corrida. Las manos se le sudaron; vio várices. Salió convencida de que era una persona.
Cuando las de turno se sientan a cenar y vuelven, los medicamentos ya están dados. El de la cama habla de una señorita bien arregladita. Nadie del personal lo hizo.
El folclore de América es un mosaico de tradiciones indígenas, influencias coloniales y narrativas modernas. Desde los pueblos originarios que poblaron el continente hace milenios hasta las leyendas urbanas contemporáneas, América ha generado un bestiario único que refleja sus paisajes y culturas.
La tradición nahua nos legó el nahual, el brujo que se transforma en animal. El mayanismo aportó los aluxes, duendes protectores del maíz. El mestizaje colonial creó figuras híbridas como La Llorona, símbolo del dolor maternal y la culpa colectiva.
Sudamérica aporta criaturas de la selva y los Andes. El Silbón venezolano, el alma de un hijo desobediente condenado a vagar. La Patasola colombiana, mujer de una sola pierna que acecha a los hombres infieles. El Cadejo centroamericano, perro sobrenatural que protege o condena.
Las Primeras Naciones canadienses y estadounidenses nos legaron el Wendigo, espíritu del hambre y la codicia en invierno. Los colonizadores europeos importaron sus miedos medievales, adaptándolos al nuevo continente.
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