La niña de la Alameda | L100926-4
Javier llevaba la cuenta del taxi cuando una niña de vestido blanco le pidió los columpios de la Alameda. Al tomarla del brazo, el cuerpo estaba helado.
Javier llevaba la cuenta del taxi cuando una niña de vestido blanco le pidió los columpios de la Alameda. Al tomarla del brazo, el cuerpo estaba helado.
En el desnivel, de madrugada, una mujer de vestido y cabellera se deja ver. Cuando se acercan, el rostro es de caballo.
Fray Arroyo iba al baño con la vela del Santísimo cuando una mano peluda le tapó el rincón. Anda y préndela de donde yo la prendí, le dijo, y se acabó.
En el túnel del km 47 una masa oscura corrió paralela al tren, con olor a carbón mojado, y se fundió en la pared. En la estación siguiente no lo anotaron en el libro.
El muchacho hincó la rodilla en la piedra de la calle del Refugio. Cuando le aventaron el escapulario, el de la capa dragona echó a correr al norte.
En la bola del agua el cochero recibe una mano enguantada de encaje negro. La dama golpea las puertas de San Francisco y se pierde por la calle del Molino.
A Sonia Burciaga le tocó cambiar el vestido de La Pascualita, dos veces por semana, con la cortina corrida. Las manos se le sudaron; vio várices. Salió convencida de que era una persona.
Cuando las de turno se sientan a cenar y vuelven, los medicamentos ya están dados. El de la cama habla de una señorita bien arregladita. Nadie del personal lo hizo.
Una noche de otoño en la Ciudad de México, una hoja volante de Posada mostró la calavera garbancera bajo el farol. El traje fino ya no compraba permanencia.
Primero de noviembre, altiplano mexicano: la mesa con agua, pan y cempasúchil ya estaba puesta. Nadie vio cruzar el umbral; todos sabían para quién era.
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